Con interés simple, cada año ganas un porcentaje sobre lo que pusiste al principio, y lo ganado no genera nuevas ganancias. Con interés compuesto, en cambio, las ganancias se reinvierten y producen más ganancias.
Por qué importa tanto la diferencia: la inversión a largo plazo en renta variable busca rentabilidades del 7, 8, 9 o 10% anual. Si solo existiera el interés simple, esta inversión no sería ni de lejos tan interesante como lo es. Lo que la convierte en una de las armas más potentes es precisamente el interés compuesto.
Ejemplo: calcular una rentabilidad "a la cuenta de la vieja". Imagina un índice que ha ganado un 190% en algo más de 9 años:
- Con interés simple (dividir sin más el total entre los años), dirías que has ganado un 20% al año.
- Con interés compuesto, la rentabilidad anual real es de un 11,51%. Es decir, si multiplicas el capital por 1,1151, luego otra vez por 1,1151, y así durante nueve años, llegas al mismo resultado final.
- Moraleja: dividir la rentabilidad total entre los años exagera la rentabilidad anual. Para comparar inversiones hay que usar la rentabilidad anualizada compuesta.
Otro uso habitual: los cálculos rápidos. A veces se usa el interés simple para simplificar. Por ejemplo, en una hipoteca de 150.000 € al 3%, se puede estimar que pagas 4.500 € de intereses al año (150.000 × 3%). No es del todo exacto, porque las hipotecas funcionan con amortización francesa, pero a largo plazo se parece mucho y sirve para hacer números.
Una inversión ha ganado un 190% en 9 años. ¿Cuál es su rentabilidad anual real?
Contenido divulgativo: no constituye asesoramiento financiero personalizado. Las cifras son orientativas y pueden cambiar con el tiempo.